Por: Michèle Labbé

Economía & finanzas

Tropezando con la misma piedra

Enero y febrero son meses de vacaciones para nosotros, en el sur del mundo. Aprovechamos el verano para tomarnos las playas, visitar las bellezas del paisaje sureño y nortino. Algunos viajan fuera del país y pasean. Otros, simplemente, aprovechan los días estivales para descansar en casa.
Pero, a diferencia del resto del mundo, que vive en la parte superior del globo terráqueo, a nosotros nos coinciden, en poco tiempo, todos los gastos fuertes del año. Comenzamos con la Navidad o mejor podríamos llamarlo el desenfreno navideño. No estoy culpando a nadie de consumismo, a muchos nos pasa. Sentimos que es el momento de dar un regalo especial a quienes nos hacen sonreír durante nuestras más duras tormentas, algo que de verdad les guste. Y así caemos en el pecado de gastar más de la cuenta.
Antes de que nuestras finanzas se alcancen a recuperar siquiera un poquito, vienen las vacaciones. ¡Quién no se tienta con esa perspectiva! Cuando el efectivo empieza a escasear, hacemos uso de la nunca bien ponderada tarjeta de crédito. Y entonces nos endeudamos para financiar lo que, con esfuerzo, hemos ganado durante el resto de los once meses y una semana de trabajo duro ¿por qué no hacernos un cariñito? Pero, no se engañen, este ciclo de gastos aún no ha terminado. Nos queda marzo. Sí, después de Navidad y las vacaciones, como si el presupuesto fuera infinito o la tarjeta mágica, viene marzo.
Para aquellos sin hijos, es el pago de la patente, y para los con hijos, a esto se suma el gasto de entrada al colegio y/o la universidad, con lo que se genera un nada sutil socavón en el presupuesto familiar. No sólo vienen los gastos de útiles y uniformes, sino también, las matrículas, bus escolar, entre muchos otros. No hay bolsillo que resista.
En abril, cuando por fin creemos haber terminado el negro periodo presupuestario, viene la primera cuota de las contribuciones, esas que siempre nos pillan por sorpresa y nos dejan, a fin de mes, con la cuenta en negativo.
El panorama no es alentador, pero tampoco desconocido.
Nos pasa siempre y terminamos, en abril, con las cuentas desajustadas. Todos los años tropezamos con la misma piedra y somos incapaces (al menos yo lo soy) de prevenir este periodo ahorrando durante el año.
Al menos para mí, dos lecciones surgen de esta reflexión.
La primera es que la vida sería mucho más fácil y placentera en esta época, si guardáramos un porcentaje, cada mes, para financiar los gastos de los tiempos negros del año.
La segunda y más importante es que, muchas veces, nos comenzamos a subir a barcos que no somos capaces de sostener. No es necesario viajar fuera del país, ni lejos de casa para descansar. No es necesario ir a la piscina o a Fantasilandia para que los niños se entretengan. A veces, basta una manguera, un parque público o la casa de los tíos en la playa para pasar una linda tarde o fin de semana en familia.

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